En un lugar el cual visitaba por primera vez, y
cuidando que sus pasitos no se oigan por los pasillos se encuentra la niña. Al
parecer fue de visita a la oficina donde laboran sus padres, rodeado de paredes
de madera como la casita en el árbol que siempre soñó, el piso de cera muy
amplio y extrañamente vacío. El ambiente le parece muy frío, serio y aburrido
para su gusto, pero qué más da, ella
quiere darles la sorpresa, pintarles por un momento las paredes de colores
vivos a ese espacio lleno de colores neutros, romper el silencio de tal lugar
con su tierna voz aguda, diciendo las palabras que acaba de aprender.
Se percibe su timidez por su postura quieta y el
jugueteo de sus dedos, no sabe cómo entrar, no sabe qué decir, no sabe si estar
seria o si deba sonreír. Decide quedarse ahí y esperar, teme interrumpir.
El traje que viste es preciso para la ocasión, su
blusa blanca con bombachos en los hombros como aquellas blusas de época, y sus
medias rodeadas con blondas despiertan ternura en todo aquel que la vea. De
tanto caminar sus pequeños zapatos de charol negro se opacaron, ya no brillan
como lo hacen sus ojos negros intensos, tan intensos como un extraño anochecer.
Tal vez esa sea la razón de su seriedad o a lo mejor es que le volvieron a
poner ese sombrero que le obligaban a vestir, pero que nunca le gustó. A
ninguno de sus padres le gustaba la forma que tomaba su cabello ondeado, ellos
lo querían liso, he ahí la respuesta de ese look, optaron por cortárselo. A esa
edad tenía mucho parecido a su hermano menor, por eso vestía de faldas
pequeñas, en este caso roja, como la mayoría de prendas de su pequeño clóset,
color que a lo largo de los años la sigue acompañando, motivo por el cual
responde al apelativo de manzana.




0 comentarios:
Publicar un comentario